La latitud

La latitud y la longitud. Esas dos coordenadas que todo navegante conoce porque las ha aprendido y aplicado en sus estudios náuticos. Muy fáciles de definir. Por ejemplo, en el caso de la latitud: “Arco de meridiano contado desde el ecuador hasta el paralelo del lugar considerado” o, incluso más fácil: “Arco de meridiano contado desde el ecuador hasta el lugar considerado”. Simple, sencillo y contundente, ¿verdad?

Evidentemente, para expresar una latitud náutica, usamos el formato sexagesimal modificado, porque, aunque empleamos grados y minutos de arco, no hacemos lo mismo con los segundos de arco, que no empleamos porque la cartografía no permite discriminar valores tan pequeños como el segundo. Por esa razón, en lugar de usar segundos de arco (1 minuto = 60 segundos), empleamos décimas de minuto (1 minuto = 10 décimas). ¿Qué nos faltaría todavía?: pues, simplemente, indicar si el cómputo del valor del arco de meridiano se produce desde el ecuador hacia el norte o hacia el sur. Es decir, añadiendo N o S al valor sexagesimal expresado, obtenemos la latitud de la posición del lugar determinado.

¿Alguna novedad hasta ahora?: claro que no. Todo lo dicho es materia sabida por todos vosotros. La cuestión que planteamos en este artículo no tiene que ver con el concepto de la latitud. Tiene que ver con cómo fue el proceso de su conocimiento por parte de los navegantes antiguos y desde cuando se aplicó.

De la misma manera que la coordenada longitud es -en términos históricos- muy reciente, la latitud fue un problema fácilmente resuelto, con bastante aproximación, desde fechas muy antiguas. Los navegantes fenicios, los mejores pilotos de su tiempo, sabían ya que la altura del polo celeste sobre el horizonte equivalía a la latitud del lugar. En el transcurso de los siglos esta coordenada se ha obtenido siempre poniendo los ojos en el cielo.

Pero el polo norte no está señalado en el cielo, por lo que, para determinarlo, se recurrió desde los primeros tiempos a las estrellas vecinas.

Hoy día y desde hace un tiempo, asignamos a la estrella alfa Ursae Minoris, una distancia polar inferior a 1º, de modo que, prácticamente esta estrella indica el polo. Pero en épocas remotas de los navegantes fenicios no ocurría así, a causa del movimiento de precesión de los equinoccios. Hacia el año 2000 antes de J.C. la estrella beta de la Osa Menor estaba mucho más cerca del polo que la estrella alfa. Con el paso del tiempo se fue acortando la distancia de ambas estrellas al polo norte, pero conservándose más cercana la beta que la alfa hasta el año 1000 antes de J.C., desde cuya fecha, la primera de estas dos estrellas comenzó a separarse, aumentando cada vez más la distancia al polo, en tanto que la segunda siguió disminuyendo su distancia polar, continuando así hasta nuestros días.

En consecuencia, cuando se cita la estrella Polar de los fenicios, hay que entender que la referencia es a la beta de la Osa Menor -la Kochab de nuestros días- que significa precisamente estrella Polar.

Cerca de la Osa Menor aparece en el firmamento un asterismo semejante: la Osa Mayor, llamada también por los antiguos Carro Mayor, Carro de David y La Barca. Y es a través de la enfilación de las dos estrellas de la base del carro (Dubhe y Merak), unas cinco veces aproximadamente, que nos encontramos con la Polar. También podemos localizarla a partir de la constelación de Casiopea, como saben todos los marinos actualmente.

Durante centenares de años, y partiendo del principio expuesto de que la altura de la estrella sobre el horizonte coincide con la latitud del observador, se ha utilizado hasta nuestros días esa forma de hallar un paralelo de latitud. Inicialmente, aplicando ciertas reglas prácticas, se conseguía disminuir el error de considerar que la estrella polar estuviera exactamente en el Polo norte. Hoy día, si a la altura verdadera de la estrella le aplicamos unas pequeñas correcciones del Almanaque Náutico, conseguimos con gran exactitud el valor de la latitud observada.

Al método de hallar la latitud a través de la obtención de una altura de la estrella Polar, se añadía, ya de antiguo, un segundo método: la observación de la altura del Sol en el momento de paso del astro por el meridiano del observador. Sin embargo, solo la empleaban, en general, en días señalados: cuando el Sol se encontraba en los puntos equinocciales (declinación = 0º) o cuando alcanzaba los solsticiales (declinación = 23º27´). Para cualquier otro día del año se necesitaba el conocimiento de la declinación del Sol.

Durante mucho tiempo, pues, el tema estuvo en la consecución de tablas que proporcionaran la declinación del Sol en todo momento. Diferentes autores, desde el siglo XIII, trabajaron en ello, aunque ya antes, existían tablas como la de Abumanzor, dadas en Bagdad en el 829. En las tablas de Regiomontano, obtenidas en 1460 por observaciones con el cuadrante, ya se pueden obtener, con notable exactitud, las declinaciones diarias del Sol. Posteriormente, sucesivas mejoras en las tablas permitieron hallar la latitud observando al Sol a mediodía.

Diferentes autores y tablas contribuyeron progresivamente a ese conocimiento. Una vez conocidas las tablas de declinación del Sol, faltaba saber ligar la cifra del día con la altura observada del Sol. Se comenzó por hacer distinciones según que las sombras producidas por la luz solar al encontrar los objetos fuesen arrojadas en dirección norte o sur. Después se cambió la consideración de la sombra por la posición del observador. Con escasas y mínimas variaciones han llegado estas reglas hasta nuestros días:

l = d – z

Siendo la declinación (d), positiva o negativa según su valor, y la distancia cenital (z) positiva o negativa, según si la observación se hizo cara al Norte o cara al Sur.

Estos dos métodos: el de obtener la latitud por medio de la altura de la Polar o bien a través del conocimiento de la altura del Sol (y su declinación), en el momento de paso por el meridiano del lugar, no son los únicos, aunque sí -con mucha diferencia- los más usados.

Durante los siglos en que la navegación se limitó a los mares interiores, especialmente el Mediterráneo, sin perder de vista la costa, el problema de la situación puede considerarse inexistente. Es a partir del siglo XV, cuando los marinos pierden el miedo y se adentran en el océano, cuando se hace necesaria, con mayor o menor exactitud, la determinación de la latitud. Ese fue el principio, porque la determinación de la longitud fue mucho más compleja y reciente. Aunque eso sea ya tema del siguiente Post.

 

 

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