En recuerdo de Eric Tabarly

En recuerdo de Eric Tabarly

Está claro que Eric Tabarly no necesita presentación. ¿O quizá, sí para los aficionados recientes a la vela…? En cualquier caso, se acaba de cumplir hace muy poco -el pasado 12 de junio- el 20 aniversario de su prematura desaparición.Para los aficionados veteranos, Eric Tabarly (Nantes, 1931-1998), es un modelo por sus logros, su disciplina de hierro y su equilibrio físico y moral. Estas características le han permitido enfrentarse a límites y superar los momentos más críticos.

Desde muy joven participó en múltiples competiciones y sus travesías le otorgaron constante y notoria celebridad. Marino profesional, dedicó toda su vida al deporte de la vela e intervino muy directamente en el diseño de sus propios barcos, comenzando a ser conocido fuera de Francia -su país natal- a raíz de su victoria en la segunda regata transatlántica en solitario. Su obra “Victoria en solitario” constituye el testimonio de un hombre ejemplar y de coraje.

El 23 de mayo de 1964, desde la bahía de Plymouth, quince barcos, muy variados en su forma y en sus aparejos, se lanzaron a la mar para intentar la travesía del Atlántico. A bordo del Pen Duick II, el alférez de navío, Eric Tabarly atraviesa el Atlántico en un tiempo récord de 27 jornadas, con tres días de adelanto sobre el número 2, que era, ni más ni menos que el ganador de 1960.

Quizá la característica fundamental de Tabarly es haber aunado los elementos definitorios de tres tipos de navegantes: el marino oceánico, el navegante solitario y el skipper de regata de crucero. Verdaderamente difícil de conseguir. El “marino oceánico” se caracteriza por ser capaz de atravesar el océano en cualquier barco en buen estado. En otras palabras, se trata del marino de gran experiencia, que conoce las desagradables sorpresas que la mar reserva a veces a los no iniciados, que sabe, desde luego, calcular su situación, pero que sabe también las posibilidades que su barco ofrece y tomar con antelación las precauciones necesarias en cualquier circunstancia y, sobre todo, con mal tiempo. A un hombre de estas condiciones es difícil que pueda sucederle algo desagradable, tanto si navega en solitario como con tripulación. Tabarly, formado en la mar desde muy joven, pertenece a esa clase de hombres, y entre ellos es, sin duda, uno de los mejores.

El “navegante solitario”, es a menudo un hombre que busca una evasión y para él, la navegación de altura no es más que un medio. Para ser navegante solitario es necesario, desde luego, disfrutar de buena salud, tener conocimientos de navegación, disponer de un aparejo especialmente concebido y poseer dosis de valor para intentar solo la aventura; pero en caso de fatiga puede echar mano del recurso de buscar derrotas más tranquilas o ponerse a la capa uno o dos días para tomarse un descanso y, como último recurso, puede hacer escala en algún puerto. En general, el tiempo no le apremia, la soledad es su ideal y la vida en el mar es un pasatiempo.

No sucede así en una regata, en la cual se persigue el éxito a cualquier precio y hora y hora tras hora. Las mismas características de una travesía, promovida a la categoría de competición, obligan a escoger un barco lo suficientemente grande para que sea veloz, lo que supone mayor dificultad para ser maniobrado por un hombre solo y la necesidad de un entrenamiento físico intenso que permita conservar día y noche la mayor superficie de trapo posible y controlar al minuto las horas de sueño para poder vigilar continuamente si el barco sigue la mejor derrota y da su máxima velocidad. Las maniobras se ejecutan hasta el límite de lo imposible, lo cual aumenta las dificultades y exige un mayor gasto de energías. Son entonces indispensables una feroz voluntad de sobreponerse a las dificultades de todo orden y de dominar cueste lo que cueste a los competidores, así como un conocimiento aún más profundo de la mar y de las posibilidades del barco.

Por último, el “skipper de regata de crucero” es no solo un marino capaz de navegar en alta mar y hacer frente a las situaciones más difíciles, sino también un perfecto “técnico” de la vela. Debe saber, en cualquier vuelta y en cualquier condición de viento y mar, cuánto trapo necesita el barco para que ande al máximo (apreciando hasta las décimas de nudo) y cómo deben regularse las escotas (al centímetro) para obtener en todo momento de las velas su mejor rendimiento.

Eric Tabarly reunía, pues, en el más alto grado, las cualidades del “marino oceánico”, del “navegante solitario” y del “regatista”. Un verdadero prodigio.

Además de la Regata Trasatlántica en solitario con el PEN DUICK II, pasó la mayor parte de su vida en la mar, navegando con los distintos PEN DUICK.

En 1967, con el PEN DUICK III, del que realizó personalmente los planos, alcanzó la victoria en el Campeonato del R.O.R.C. y también en todas las grandes clásicas, tanto en Francia como en Inglaterra, Suecia y Australia, incluyendo la Fastnet y la Sydney Hobart.

En 1969, a bordo del PEN DUICK V, ganó la Transpacífica en solitario.

A continuación, la Vuelta al Mundo. Se hizo construir el PEN DUICK VI y zarpó como favorito en esta gran prueba. Rompió el palo en dos ocasiones, lo que le impidió ganar la regata, aunque indiscutiblemente el PEN DUCICK fue el barco más rápido.

Tras esta desafortunada Vuelta al Mundo, Tabarly se embarca de nuevo, esta vez con una tripulación de catorce hombres, y siguió participando en regatas. Navegó en Inglaterra, en América, a través del Atlántico Norte y del Atlántico Sur.

Entonces, durante una escala en Río, anunció su intención de participar con el PEN DUICK VI en la Regata Trasatlántico en solitario: el 15 de junio de 1976 se dio la salida en Plymouth y el 29 de junio llegaba en primera posición a Newport.

Pese a que sus barcos siempre eran los más rápidos, Tabarly siempre soñó en un “Trimarán Volador” y este fue el hidrofoil PAUL RICARD con el que batió en 1980 el récord del Atlántico que estaba en posesión desde hacía 75 años del capitán Charlie Barr.

En la noche del 12 al 13 de junio de 1998, Eric Tabarly desapareció tras caer al mar en mitad de un temporal en aguas de Bretaña. Se encontraba a bordo de su amado PEN DUICK I, el mismo con el que aprendió a navegar y que tanto empeño y dinero puso para que siguiera surcando los mares.

Su espíritu ha seguido inspirando a navegantes y diseñadores. Tabarly fue el primero en imaginar barcos que volaban sobre el mar. Ahora, veinte años después de su muerte, su visión se ha consolidado en el mundo de la vela con una generación de regatistas que navega a todo trapo sin tocar el agua.

Honor y recuerdo al gran maestro.

 

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